El día que los Nazis consideraron al diseño como obra del demonio

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El día que los nazis consideraron al diseño como obra del demonio
El día que los Nazis consideraron al diseño como obra del demonio

En el momento en que el partido Nazi llegó al poder, Alemania contaba con un grupo de arquitectos de envidiable calidad; sin embargo, no tuvieron aceptación alguna en el gobierno. ¿Razones? La ideología Nacional Socialista era, aunque suene lógico, muy nacionalista, además de su poca tolerancia y mucha censura, la que incluyó a casi todos los campos de expresión artística.

El personaje con la última palabra en este rubro era el Dr. Joseph Goebbels, quien se unió al partido nazi en 1925 después de descubrir su incapacidad para prosperar en la literatura. Se dice que su conocimiento sobre arte y música era vasto, de alguna manera se las arregló para llevar a Hitler a un nivel superior al de sus primeros asociados de las cervecerías muniquesas; sin embargo, sus biógrafos aseguran que no tenía intereses artísticos (¿los perdería?). Ante los ojos del Führer era un intelectual, aunque quemó libros clásicos alemanes, destruyó el arte “decadente”, era indiferente a la ópera, cerró los teatros berlineses durante la guerra y, entre algunas otras cosas, construyó un muro de ladrillos frente a la fachada de la escuela de arte que estaba, para los tiempos que corrían, en la más absoluta vanguardia artística.

Hitler y joseph goebbels - el día que los nazis consideraron al diseño como obra del demonio

A pesar de todo, era un hombre hábil para darse cuenta cuando una buena oportunidad tocaba a la puerta. Lo que nos hace cuestionarnos, ¿por qué un régimen con las características de aquel dejó escapar la oportunidad de ir mano a mano con los artistas y arquitectos de primerísima línea? ¿Por qué no estaban de su lado? Como Ministro de Propaganda del Régimen, después de haber perseguido a un cineasta como Fritz Lang, le fue requerida su colaboración para que hiciera películas para el III Reich. El problema, entonces, ya no sólo era de simpatía.

Walter Gropius, fundador de la Bauhaus (escuela a la que nos referimos líneas atrás), escribió una carta a la Cámara de Cultura del Reich, en la que explicó a su director el carácter “genuinamente alemán de la arquitectura moderna”, para intentar eliminar los prejuicios que metían a la escuela en la izquierda política. Esto después de que todos los arquitectos tuvieron que inscribirse en esta Cámara, órgano dependiente del Ministerio del Dr. Goebbels. Ahora bien, en este marco se desarrolló la Bauhaus como escuela de sólidos fundamentos que intentaban modernizar y racionalizar el arte y la arquitectura. La situaba en las antípodas de cualquier corriente conservadora. Es probable que en ese momento es que comenzaron los problemas. El partido consideraba al clasicismo como uno de sus altos valores (junto al de pueblo, raza y patria) y cualquier cosa que implicara un cambio, se tacharía de comunista, bolchevique, etc. Para un partido cuya propaganda se escribía en letras góticas, la modernización tenía que ser obra del demonio.

Escuela bauhaus y hitler - el día que los nazis consideraron al diseño como obra del demonio

La Arquitectura Moderna fue rechazada por “cosmopolita y degenerada”. Lo que, al parecer, el partido quería era una arquitectura vernácula, que tuviera los sentimientos patrióticos que siempre usó el régimen Nazi para manipular. El problema es que esa vivienda campestre de techo a dos aguas y 100 % alemana, pudo haber sido austriaca o suiza. De esto existen más ejemplos: ¿tan poco original era esa arquitectura del III Reich que usó el clasicismo a la hora de levantar construcciones emblemáticas? Lo cierto es que la arquitectura de Van der Rohe (quien dirigió la Bauhaus) no era menos alemana que la casa de chocolate donde Hitler debía vivir. Un ejemplo es Alvar Aalto, arquitecto y diseñador, quien realizó construcciones finlandesas cuando su país se independizó de la URSS, y no requirió de tradicionalismo.

El Dr. Goebbels decía que la palabra hablada era más fuerte que la palabra escrita. Quizás el mutis que la arquitectura lleva implícito hizo que el III Reich pusiera el acento en otras formas artísticas (¿?). El poder propagandístico del cine fue (y es) más fuerte que el de la arquitectura; esta última pudo terminar como un subconjunto del cine, un ejemplo son las escenografías que Albert Speer diseñó para la ciudad de Núremberg, que pasaron a la historia a través de los documentales que el gobierno elaboró. Esto sirvió para que el Sr. Ministro pudiera ver una ciudad devastada y aceptara las ventajas que el sistema de construcción y La Arquitectura Moderna ofrecían.

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Quizá se haya dado cuenta también que una charla con Walter Gropius, arquitecto, urbanista y diseñador, hubiera dado dulces frutos a su causa. Dulces a los nazis, pero amargos a la Bauhaus, que se hubiera llenado de desprestigio. Nadie imaginó un movimiento de tanta importancia, objeto de mucho estudio, gracias al cual, estimado lector, usted habita los espacios en los que está, si hubiera sido apadrinado por el III Reich. Arquitectura Moderna, anatema. Esa hubiera sido la consigna en la posguerra y sus beneficios opacados por la inclinación política.

Decir que la arquitectura moderna salió impoluta y libre de estigmas después de una alianza con el Gobierno de Hitler sería una mentira… O como lo llamó el Dr. Goebbels: una verdad poética.

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Así como la arquitectura significó una avance moderno después de la Segunda Guerra Mundial, hubo un arquitecto fascista que amó al Füher y quería construir ciudades perfectas en las que vivieran sólo los arios…

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