En una casa de retiro en Jerusalén, un grupo de ancianos se enfrenta a la difícil situación de ayudar a su amigo Max a morir, pues el dolor que le provoca su enfermedad se ha vuelto insoportable. Para ello deben crear un mecanismo que no los ponga en riesgo. Yehezkel, un ingenioso hombre de 75 años, construye una máquina de auto-eutanasia, que debe activar el enfermo con la ayuda de un solo dedo. Poco a poco se corre la voz de lo que hacen; esposos y hermanos, desesperados por la complicada situación de sus seres queridos, los buscan para que les ayuden a poner fin al sufrimiento.
La película de los directores israelíes Tal Granit y Sharon Maymon, y que se proyectó este verano en el Foro Internacional de Cine de la Cineteca, juega con el humor y la seriedad, con la risa y el dolor. La risa a la que incita no es ligera, es una risa incómoda, es la que disfraza un profundo malestar, aquél que surge cuando alguien se enfrenta al tema de la muerte. ¿Cómo clasificar la película? ¿Es una comedia? ¿Comedia negra? Los límites entre los distintos géneros se muestran porosos.
La fiesta de despedida tiene la cualidad de representar de manera ligera, cómica, escenas en las que nos enfrentamos a la crudeza de la realidad, a la dolorosa finitud de la existencia. Dolorosa pero implacable, simple, sencilla, sin más. La comicidad de la película está muy bien lograda, tiene la virtud de no incitar a una risa simple, burda, no de aquéllas que nos sacan las películas domingueras sino una risa ácida que no viene sólo de la alegría sino del dolor, que no carece totalmente de reflexión sino que combina espontaneidad y pensamiento.

Un acto que desde una perspectiva moral estrecha que es el ayudar a morir a alguien se convierte en el acto de amor más grande hacia un ser querido y no sólo ser concebido como un crimen. Quien ayuda a morir, ayuda a vivir dignamente hasta el final.
La película recrea un ambiente de solidaridad sui generis sin caer en trivialidades, pues no deja de mostrar la ambivalencia de los personajes y la complejidad de las decisiones a las que se enfrentan. La escena paradigmática de esta amistad se ve con claridad cuando los amigos de Levana –quien sufre demencia– organizan una reunión de desnudos para atenuar su vergüenza por haberse mostrado prácticamente desnuda frente a todos en el desayuno.
Los personajes no son estáticos, sufren transformaciones a lo largo de la película. Levana se oponía férreamente a colaborar en la muerte de Max y al final ella misma busca desesperadamente poner fin a su vida. Su esposo, Yehezkel, ayuda sin dudarlo a los amigos que quieren morir y en un momento se resiste en dejar morir a su esposa.

El dilema ético sobre el derecho a decidir sobre la propia muerte que plantea el tema de la eutanasia, muestra su otra cara: el derecho a decidir sobre el tipo de vida que se quiere vivir. No es la vida por la vida misma como un valor inalterable, es la vida con atributos, cualitativamente elegida, sin sentidos preestablecidos sino continuamente creados. En esta medida, la película trata sobre la libertad de elegir cómo vivir y cómo morir. La presencia constante del tema de la muerte muestra, paradójicamente, su revés: la vida. Es así como podemos intuir en esta película una oda a la vida.
